Hay una fecha en el calendario que la mayoría de las empresas españolas no tienen marcada. Deberían.

El 2 de agosto de 2026, entra en vigor la obligación de formación en IA establecida por el Reglamento Europeo de Inteligencia Artificial, el llamado AI Act. A partir de ese día, cualquier empresa que utilice herramientas de IA en su actividad —da igual el tamaño, da igual el sector— tiene la obligación legal de garantizar que sus empleados tienen una formación mínima para usarlas.

No es una recomendación. No es un objetivo voluntario de transformación digital. Es una norma comunitaria con aplicación directa en todos los países de la UE. Y las sanciones empiezan ese mismo verano.

Qué dice exactamente el AI Act

El Artículo 4 del Reglamento establece que todos los proveedores e implantadores de sistemas de IA deben «adoptar medidas para garantizar un nivel suficiente de conocimientos dentro de su plantilla y de cualquier persona que utilice esos sistemas en su nombre».

La definición de «implantador» es deliberadamente amplia. En la práctica abarca a cualquier empresa o autónomo que utilice un sistema de IA dentro de su actividad profesional, aunque no lo haya desarrollado. Es decir: si tu equipo usa Copilot, ChatGPT, herramientas de automatización, aplicaciones con funciones inteligentes para gestionar clientes o analizar datos, entras dentro del alcance de esta norma.

Lo que hace que esto afecte a millones de empresas que todavía no lo saben: la ley no exige que el uso de IA sea central en el negocio. Basta con que intervenga en alguno de sus procesos, por secundario que sea.

La formación obligatoria IA en empresas: qué se exige

La buena noticia es que el AI Act no impone un currículo rígido ni cursos obligatorios estandarizados. La Comisión Europea no fija un mínimo de horas ni un certificado específico. Lo que exige es que la empresa pueda demostrar que ha actuado: que sus empleados entienden qué hace la herramienta que usan, qué papel desempeñan en el negocio y qué riesgos concretos existen dado el contexto y el sector.

En términos prácticos, una empresa puede cumplir con tres documentos sencillos: un inventario básico de herramientas de IA en uso, una nota interna con reglas de uso por equipos o puestos, y un registro de formación aunque sea semestral. No hace falta un departamento de compliance ni una gran inversión. Hace falta haber hecho algo y poder probarlo.

Donde sí aumentan las exigencias es en los sistemas de mayor riesgo: aplicaciones que toman decisiones automatizadas sobre personas, que evalúan candidatos en procesos de selección, que influyen en el acceso a financiación o seguros. Ahí la supervisión humana y la documentación son más rigurosas.

Por qué la mayoría de las empresas no está preparada

El problema no es desconocimiento de la herramienta. El problema es desconocimiento de la obligación.

El último informe de Deloitte sobre el estado de la IA en la empresa confirma que menos de seis de cada diez trabajadores con acceso a herramientas de IA corporativas las usa en su día a día. Y eso en las organizaciones que ya las tienen desplegadas. Lo que significa que muchas empresas ni siquiera han trazado un mapa de qué IA están usando realmente, quién la usa y para qué.

Sin ese mapa, es imposible cumplir con el AI Act. Y sin cumplimiento, a partir del 2 de agosto, hay exposición legal.

Esto no es una amenaza abstracta. Es el mismo patrón que ya vivimos con el RGPD en 2018: años de advertencias que la mayoría ignoró hasta que llegaron las primeras sanciones. Y luego urgencia, consultores de compliance desbordados y proyectos de adaptación hechos con prisas y mal hechos.

Lo que esto significa para el mercado de formación

Durante años, el argumento para invertir en formación en IA ha sido la competitividad: «si no formas a tu equipo, perderás terreno frente a quien sí lo haga». Es un argumento válido pero cómodo de ignorar. Siempre hay algo más urgente.

A partir del 2 de agosto, hay un segundo argumento que no se puede ignorar: el cumplimiento normativo. La urgencia pasa de estratégica a legal. Y eso cambia la conversación en las empresas.

No es casual que esto ocurra en el mismo momento en que la adopción de IA en las organizaciones está en su punto más alto y más caótico: herramientas desplegadas sin criterio, licencias que no se usan, equipos que no saben qué pueden hacer con la tecnología que tienen. El AI Act no llega para complicar las cosas. Llega para forzar lo que ya debería haberse hecho: documentar el uso, entender los riesgos y formar a las personas que están detrás de las herramientas.

Cómo prepararse antes de agosto

El primer paso, y el más urgente, no es contratar un proveedor de formación. Es hacer el inventario: qué herramientas de IA usa la empresa, en qué procesos, quién las usa y con qué impacto potencial en clientes o decisiones de negocio.

A partir de ahí, la formación no necesita ser sofisticada. Necesita ser real, adaptada al puesto y documentada. No se trata de convertir a los empleados en expertos en machine learning. Se trata de que entiendan qué hace la herramienta, cuáles son sus limitaciones, cuándo no deben fiarse de ella y cómo escalar si algo sale mal.

En Evolve llevamos meses ayudando a empresas a hacer exactamente esto: no desde la teoría, sino desde el diagnóstico real de sus procesos y sus equipos. Porque una cosa es tener las herramientas y otra muy distinta es saber usarlas con criterio. Y ahora, además, con una fecha límite.